11 jun. 2011

NO QUIERO SOL...

De nuevo vuelve a salir el sol y eso no me gusta.

Hace algún tiempo cuando firmaba dedicatorias en antiguos relatos, me describía a mí misma como una pequeña gota de lluvia, una partícula perteneciente a los truenos y a las nubes negras…

No sabía muy bien porque era…Yo lo achacaba a mi propia oscuridad. 

Esa oscuridad que desprendo al mirarme al espejo, en ese negro de mi pelo, de mis ojeras, de mis vestidos, de mis uñas, esa oscuridad que desprende mi propia mirada y su eterna melancolía, la oscuridad y tristeza de un corazón negro, mi admiración por los rincones sombríos, por los cementerios, por los bosques impregnados de tinieblas, las imágenes de vampiros que tanto me maravillan, la música que acompaña mis días, mis genios preferidos: Poe, Byron, Goethe, Baudelaire, Francesc y sus Retrum…

Pero ahora sé que no me gusta el sol, porque dos de los peores momentos de mi vida han sucedido con su luz aplastante brillando en lo alto del cielo y su calor ahogándome…

El sol calienta, asfixia, derrite, acelera la respiración, encharca los pulmones…es sinónimo de alegría, de algarabía. Y cuando dentro del corazón se sufre, ese sol mata, hiere, escuece…

Por eso no me gusta el sol…

Por eso siempre preferí la lluvia…

Porque las gotas de lluvia fina devuelven la paz, tranquilizan, sus caricias son tibias y cuando tus ojos lloran, el cielo llora contigo, cuando las lágrimas empapan tu alma, sus gotas de agua humedecen los cristales mientras se resbalan…

La lluvia me tranquiliza, los truenos con sus estruendos son un reflejo de las tormentas que crecen en mi interior, que explosionan en mis venas, la lluvia me tranquiliza, el cielo está cargado de nubes negras al igual que las nubes que acechan mis pensamientos, la lluvia me tranquiliza porque es melancolía, es tristeza…y ambas cosas desde hace mucho tiempo han estado presentes en mí…

Por eso cuando sale el sol y su luz brilla, me pierdo, no me encuentro a mí misma. Sin embargo cuando la lluvia reina me miro al espejo y me veo reflejada, esa soy yo…

Tristeza, melancolía, oscuridad, sombras umbrías, corazón aletargado y lágrimas tibias. Sonrisas tímidas…

Esa soy yo…

Por eso no me gusta el sol, hoy de nuevo brilla en lo alto, hoy de nuevo vuelvo a estar perdida.

Yo que estaba aprendiendo a caminar sola, ahora necesito de nuevo la permanencia permanente de unas pupilas y unas manos, para poder caminar… 

Odio el sol. No quiero sol. El sol ciega.

Necesito la lluvia. Necesito de su oscuridad para sentirme acompañada al caminar con mi propia oscuridad. 

La única luz que quiero es la del brillo de unos ojos, la de la luna y las estrellas, porque son astros mágicos que resplandecen y que hacen resplandecer en las noches oscuras, cuando todo está relajado, sin trasiegos, sin prisas.

Necesito el silencio de la noche.

Necesito la lluvia. Necesito la oscuridad y su tranquilidad, aunque tenga que dejar la bombilla de la lámpara de la mesita encendida.

¡Oh Lluvia regresa a mí! Acompáñame…

¡Oh sombría oscuridad, ven a mí!

Que el sol se vaya a otro lugar, a otros corazones…



2 comentarios:

  1. En cambio a mí me gustan los días de sol, antes también me gustaba la lluvia, los días grises, las lejanas tormentas...pero aprendí a caminar bajo ese cielo abrasador que describes y a ver sus destellos reflejados en el mar, en los pétalos de las flores y en mi sombra mientras camino. Miro mi sombra y sé que nunca estoy sola, que siempre voy acompañada por mí y que yo puedo ser una buena compañía para mí misma cuando consigo contarme mis tristezas y pienso en poder hacerlas llevaderas, que dejen de doler, darles alguna solución momentánea que me calme y me deje sonreír aunque sea levemente ante el espejo.

    Me gustan los días de sol, y también los de lluvia. Me gustan todos los días y saberme acompañada de mis pensamientos, esos que me animan a seguir.

    Un beso fuerte

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  2. Vaya pues la lluvia para ti, gota de sombra. Rezaré, o cantaré si lo prefieres, porque la lluvia visite tus tierras cantabras y el agua oscurezca con su limpieza los rincones de luz que a veces parecen reirse de nuestros más intimos pensamientos.
    Un beso, Rebeca, y un fortísimo abrazo a la espera de ese agua que no llega pero que los dos sabemos que está en ti.

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